El domingo 1.º de febrero volvió a ser uno de esos días que marcan el pulso de la nación.
Un gran domingo de elecciones.
No es solo una fecha en el calendario. Es la celebración viva de un derecho ganado con sacrificio por generaciones de costarricenses que creyeron en la libertad, en la institucionalidad y en la democracia.
En nuestros más de 51.000 kilómetros cuadrados, sentimos que pertenecemos a una misma familia. Desde las montañas más remotas hasta los barrios más poblados, el voto nos une como pueblo.
Lo viví con especial emoción en mi querido San Rafael de Alajuela. Caminé sus calles, saludé vecinos, vi familias completas dirigirse a las urnas con respeto y orgullo. Ahí, en ese pedacito de Costa Rica que tanto amo, se reflejaba la esencia del país.
Por eso me duele el abstencionismo aunque lo bajamos un 10 por ciento en relación al período anterior . No logro entenderlo.
Votar no es solo elegir gobernantes. Es honrar nuestra historia democrática. Es decirle al país: “me importas, participo, estoy presente”. Cada voto suma, cada ausencia también deja huella.
Y las razones que pesan
Quienes ganan las elecciones no triunfan solos. Su victoria es la suma de miles de decisiones individuales. Reciben un respaldo popular, pero también una responsabilidad enorme.
No se deben a su partido ni a sus intereses personales. Se deben a la gente y al bien común. Gobernar es servir, no aprovechar. Y esa es la prueba ética más grande que enfrentarán desde el primer día.
También pienso en los que perdieron. En los partidos que salen de la Asamblea Legislativa o ven debilitada su representación. Eso no es casualidad: es un mensaje del electorado.
Cuando un partido pierde apoyo es porque algo falló. Tal vez no cumplieron, tal vez no supieron comunicar, o quizá se alejaron de las necesidades reales de la gente. La democracia no castiga por capricho; castiga por desconexión.
Yo sigo creyendo, como nos enseñaron nuestros padres, en buscar el bien común. Para el que vive en zonas rurales y para el que vive en la ciudad. Para el agricultor, el trabajador, el profesional y el estudiante.
Los grandes problemas del país no son un misterio. Están a la vista: empleo, educación, seguridad, costo de la vida, oportunidades. Votar es una forma de exigir que se enfrenten con seriedad y compromiso.
Recuerdo mi primera vez en las urnas. No fue a los 18, sino a los 20 por temas de calendario electoral. Pero ese día me marcó para siempre.
Desde entonces, cada elección es una fiesta cívica para mí. Voto temprano, comparto con mi esposa, con mis hijas y ahora con mis nietos. Converso con vecinos, regreso por la tarde a los centros de votación y observo con emoción cómo la gente participa.
Es un día que me llena el alma.
Un día que agradezco a Dios y que dedico a Costa Rica, con el corazón de ciudadano y con la pasión de periodista que ama esta tierra.
Porque votar no es solo un deber. Es un acto profundo de amor al país



