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En la memoria de dos países, las palabras “Choluteca” y “La Angostura” evocan imágenes imborrables: cuerpos cubiertos con sábanas blancas, llanto de los familiares, sobrevivientes que no olvidan.

Al mismo tiempo, me trae recuerdos de mi niñez cuando viajábamos por esa carretera y ver el lúgubre monumento que yace solitario a la orilla de esta. Al centro de ambas tragedias, un hombre: Antonio Nacarado Chinchilla (Q.D.D.G.), conductor costarricense, protagonista involuntario de dos de los accidentes de autobús más devastadores de Centroamérica.

El primero ocurrió la mañana del 29 de junio de 1965, en las montañas del sur de Honduras. Un autobús con matrícula costarricense avanzaba por una peligrosa cuesta cerca del caserío de El Carrizal, jurisdicción del municipio de El Corpus, Choluteca. A bordo viajaban 52 personas: niñas bailarinas, instructoras, madres de familia y la célebre directora de ballet Coralia Romero, quien encabezaba la compañía costarricense invitada a presentarse en Tegucigalpa para recaudar fondos destinados a niños con polio del Hospital San Felipe. La invitación había sido gestionada por Merceditas Agurcia, quien con entusiasmo promovía esta noble causa. Nadie imaginó que aquel gesto solidario derivaría en la más dolorosa noticia que recibiría la comunidad artística costarricense.

El autobús, nuevo y recién salido de agencia, sufrió una falla mecánica en plena bajada del cerro Chinchayote. “Sentí como que algo se cayó y me quedé sin dirección”, recordaría años después Antonio Nacarado. Intentó controlar el vehículo, pero el descenso fue implacable. La unidad se
precipitó más de 90 metros, rodando por la pendiente como un juguete sin frenos. Murieron 34 personas, gran parte de las niñas del elenco, Coralia Romero, su esposo, el doctor Arturo Romero – Ciudadano de Honor Costarricense por la Asamblea Legislativa, acuerdo No. 671 de 28 de septiembre de 1965.

Mi madre, Fredesvinda Soriano (Q.D.D.G.), me contó que ella fue testigo de este trágico hecho: la casa de mis abuelos que está todavía ubicada a dos cuadras del Hospital General del Sur, hasta donde fueron llevados los heridos. Mi madre me contó haber entrado a las salas del recinto y ver a muchas niñas tendidas en las camillas. Fue un evento que conmovió su vida y, de hecho, años más tarde llegaría a trabajar por 37 años al Hospital San Felipe, institución beneficiaria de las presentaciones del ballet tico, que nunca se llevaron a cabo.

Volviendo a la cronología del accidente, para el lunes 30 de junio, en Tegucigalpa —fecha prevista para la función de gala—, el Teatro Nacional Manuel Bonilla quedó en silencio. En lugar de risas y aplausos, la ciudad recibió los ataúdes en un avión de la Fuerza Aérea Hondureña. Nahúm Valladares, cronista de HRN, narró entre lágrimas el arribo de los cuerpos, deteniéndose frente al féretro de una niña de rostro angelical con una tarjeta que decía “Saborío”. Veinte años después, el padre de esa niña, Óscar Saborío, le agradecería personalmente haberle devuelto, a través de la radio, un último momento con su hija.

La otra tragedia en La Angostura

En mi paso por Costa Rica, como estudiante del Centro Agronómico Tropical de Investigación y Enseñanza (CATIE). Donde llegan estudiantes de muchos países de Latinoamérica, siempre se me preguntó: "¿De qué país sos?"; De Honduras respondía; algunos iban más allá y preguntaban:
"¿De qué parte? Yo decía de Choluteca, y fue así como el ingeniero Rodolfo Mateo del Ministerio de Agricultura y Ganadería (MAG) en Orotina me dijo: "¿Sabes que ese mismo chofer tuvo un accidente similar aquí en Costa Rica?;. Entonces me di a la tarea de investigar y encontrar que diez años más tarde, el 18 de septiembre de 1975, otra tragedia había marcado la vida de don Antonio. Esta vez, en el sector de La Angostura, camino a Puntarenas, otro autobús conducido por él cayó al mar tras una falla en la llanta delantera. El saldo: más de 50 muertos. Él sobrevivió, pero su espíritu quedó destrozado.

“Dicen que, al salir del agua, yo gritaba: “¡Dios mío, ¿por qué otra vez?!”, narró en una entrevista años después. “Me costó volver a vivir. “Estuve 51 días preso, llorando, temblando… pero la gente que había perdido a sus seres queridos venía a visitarme a la cárcel, a darme gallos (comida), a abrazarme”, relató para un periódico años más tarde.

A pesar del dolor, nunca dejó de manejar. Ni antes ni después de los accidentes se le conoció consumo de alcohol o imprudencias. Era, según todos, un hombre disciplinado, meticuloso con las revisiones del autobús, profundamente creyente. Tal vez por eso nunca se consideró culpable. “No fue castigo. “Fue el destino”, afirmaba con una serenidad que contrastaba con la dimensión de las pérdidas.

La historia de don Antonio nos recuerda que, en la carretera de la vida, está ligada al destino y a la mano de Dios. En sus manos pasaron vidas, sueños, futuros. A pesar de todo, nunca dejó de amar lo que hacía. “Me voy a morir tranquilo”, dijo alguna vez.

Don Antonio murió en una cama del hospital de Heredia, aunque siempre pensó que debió hacerlo en Choluteca o en La Angostura, donde los accidentes de los buses que manejaba cobraron 84 vidas. Falleció, tras una complicación de su diabetes, el 19 de septiembre del 2003,
28 años y seis días después de la tragedia en el puerto.

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En honor a las víctimas de ambas tragedias

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