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El capitán de Francia, Kylian Mbappé, alcanzó los 37,6 kilómetros por hora en la Copa del Mundo 2026.

Su explosividad nace del talento, pero se conserva mediante sesiones específicas de velocidad, recuperación, crioterapia, alimentación y una cuidadosa gestión de las cargas.

Mbappé necesita apenas unos metros para cambiar un partido. Una pérdida en el centro del campo, un pase hacia el espacio o un defensor mal perfilado pueden convertirse en una ocasión de gol antes de que el rival alcance a reorganizarse.

En el Mundial de 2026, el capitán francés volvió a ofrecer una medida concreta de esa amenaza: registró una velocidad máxima de 37,6 kilómetros por hora, el sprint más rápido del torneo hasta los cuartos de final, según los datos de rendimiento difundidos por FIFA.

La cifra ayuda a explicar parte de su dominio, pero no cuenta toda la historia. A los 27 años, Mbappé ya no es únicamente el adolescente que deslumbró en Rusia 2018 corriendo a campo abierto. Es un delantero más completo, que conoce mejor su cuerpo, selecciona sus aceleraciones y dedica una parte considerable de su preparación a recuperarse.

El trabajo que no aparece en los partidos

La Gazzetta dello Sport define esa preparación como el “entrenamiento invisible”: todo lo que ocurre fuera del campo y que permite al jugador sostener su potencia cuando llega la competencia.

El medio italiano sitúa allí varias de las claves de su estado físico: trabajo específico de velocidad, recuperación, crioterapia, talasoterapia y alimentación. La prioridad no consiste simplemente en correr más, sino en conservar la capacidad de repetir esfuerzos explosivos sin acumular una fatiga que aumente el riesgo de lesión.

La crioterapia —la exposición controlada a temperaturas muy bajas— es utilizada por deportistas para aliviar la percepción de dolor y facilitar la recuperación después de esfuerzos intensos. La talasoterapia, basada en tratamientos con agua marina, se relaciona más con la relajación y la recuperación general. Ninguno de estos métodos explica por sí solo el rendimiento de un futbolista; forman parte de un programa más amplio que incluye descanso, fisioterapia, hidratación y control de cargas.

Ese matiz resulta importante. No existe un procedimiento secreto capaz de fabricar a Mbappé. Existe una suma de hábitos destinada a proteger una condición excepcional.

Entrenar la velocidad sin perder frescura

La velocidad en el fútbol no depende únicamente de alcanzar una punta elevada.

Un delantero necesita reaccionar, acelerar, frenar, cambiar de dirección y volver a arrancar. También debe hacerlo mientras interpreta la posición del balón y de los defensores.

Por eso, el trabajo de Mbappé se centra tanto en la potencia del tren inferior como en la técnica de carrera y en la coordinación. La preparación busca que pueda producir una aceleración máxima en el momento decisivo, no que recorra todos los partidos a gran intensidad.

La prensa francesa ha destacado durante el torneo su compromiso con la preparación física. L’Équipe señaló antes del debut que Mbappé había cumplido de manera completa el programa del cuerpo técnico y había mostrado especial atención a la recuperación.

El resultado se ha visto en un Mundial disputado bajo condiciones exigentes. Francia ha debido competir con temperaturas elevadas y una humedad capaz de alterar el rendimiento, pero el equipo ha ofrecido señales físicas positivas durante las eliminatorias.

Correr menos veces, pero correr mejor

La evolución de Mbappé también es táctica.

En 2018 podía convertir cada partido en una carrera permanente. En 2026 administra mejor los momentos. Se acerca al centro para participar en la elaboración, recibe de espaldas, aparece como delantero y luego se desplaza hacia la izquierda para atacar el espacio.

No necesita realizar veinte sprints. Le basta con identificar los tres o cuatro que pueden romper el partido.

Ese ahorro es parte de su madurez. El cuerpo técnico francés busca evitar recorridos innecesarios para que su capitán conserve energía en los últimos metros, donde su aceleración provoca el mayor daño.

Su velocidad, por tanto, ya no es solamente una cualidad física. También es una herramienta estratégica.

Un físico diseñado para su forma de jugar

Mbappé no posee la musculatura de un delantero centro tradicional ni la resistencia de un mediocampista que recorre doce kilómetros. Su preparación está orientada a las necesidades específicas de su juego.

Requiere potencia en glúteos, cuádriceps e isquiotibiales; estabilidad en el tronco para soportar contactos; movilidad para cambiar de dirección y una composición corporal que le permita mantener ligereza sin perder fuerza.

La alimentación participa en ese equilibrio. La Gazzetta incluye la dieta entre los pilares de su preparación, aunque más importante que un menú determinado es la regularidad: suficiente energía para entrenar, proteínas para la recuperación muscular, carbohidratos ajustados a la carga y una hidratación especialmente vigilada durante el calor norteamericano. (⁠La Gazzetta dello Sport)

En un torneo corto, cada detalle cuenta. Entre un partido y otro existe poco margen para recuperar completamente. Dormir bien, reponer líquidos y reducir la inflamación puede ser tan importante como la sesión táctica del día siguiente.

La diferencia entre Mbappé y un velocista

La comparación con el atletismo suele aparecer cada vez que Mbappé alcanza una cifra extraordinaria.

No es, sin embargo, una comparación precisa. Un velocista corre en línea recta, sobre una pista preparada y sin balón. Mbappé acelera sobre césped, cambia de trayectoria, recibe contactos y debe tomar decisiones mientras avanza.

Incluso las mediciones históricas deben tratarse con cuidado porque pueden proceder de sistemas y condiciones diferentes. Un análisis de su famosa carrera contra Argentina en 2018 estimó una punta de 34,3 km/h, lejos de los 43,9 km/h alcanzados por Usain Bolt en su récord mundial.

Lo excepcional de Mbappé no es acercarse a Bolt. Es poder producir velocidades propias de un atleta de élite dentro de un partido de fútbol y mantener el control necesario para rematar o asistir al final de la carrera.

La velocidad al servicio del gol

El valor de toda esa preparación termina midiéndose en el área.

Mbappé llegó al Mundial después de una temporada con buenas cifras individuales, pero también con el deseo de responder en el escenario donde ha construido buena parte de su leyenda. Desde el comienzo del torneo mostró que su estado físico le permitía sostener aceleraciones, atacar la profundidad y continuar siendo la principal referencia de Francia.

Su forma de jugar obliga a los defensores a retroceder varios metros. Aunque no reciba el balón, condiciona la altura de la línea rival y abre espacios para Ousmane Dembélé, Michael Olise o Désiré Doué.

Ahí se encuentra otra dimensión de su velocidad: no solo produce goles. También modifica la manera en que los adversarios defienden.

El talento necesita mantenimiento

Mbappé nació con condiciones físicas extraordinarias, pero ninguna capacidad permanece intacta sin trabajo.

La velocidad se protege con fuerza, técnica, descanso y prevención. La explosividad requiere frescura. Y la frescura depende muchas veces de aquello que el público no observa: las horas de sueño, las comidas, la fisioterapia, el hielo, la recuperación y la decisión de detenerse cuando el cuerpo lo exige.

Ese es el verdadero entrenamiento invisible.

El sprint de 37,6 km/h puede durar apenas unos segundos. Detrás de él hay años de preparación.

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