Las alineaciones de Costa Rica y México en el Campeonato Sub-20 de Concacaf permiten hacer un análisis que va mucho más allá del resultado de un partido. Al revisar el recorrido de los futbolistas de ambos planteles queda en evidencia una diferencia estructural que ayuda a explicar por qué el fútbol mexicano mantiene una ventaja competitiva en las categorías menores.
No se trata únicamente de talento.
Se trata de formación.
Y, sobre todo, de confianza.
La Federación Costarricense de Fútbol realizó un trabajo serio de preparación para este Premundial. La Tricolor efectuó concentraciones, disputó una serie de amistosos internacionales, incluyendo dos encuentros frente a México antes del torneo, además de otros fogueos internacionales con el propósito de elevar el nivel competitivo del grupo.
Sin embargo, existe un aspecto que ninguna Federación puede suplir.
Los minutos que un futbolista deja de jugar con su club.
Ahí aparece la principal diferencia entre ambas selecciones.
Costa Rica presenta una generación con condiciones futbolísticas muy interesantes, pero la mayoría de sus jugadores todavía espera consolidarse en la Primera División.
Entre los titulares sobresale Gabriel Sibaja, quien sí ha recibido continuidad con el Club Sport Herediano y ha logrado convertirse en una alternativa habitual dentro del primer equipo.
También figura Matías Cordero, capitán de la Tricolor Sub-20, quien ya ha tenido algunas apariciones con el Deportivo Saprissa, aunque todavía dentro de un proceso inicial de crecimiento.
El resto del plantel acumula muy poca experiencia en el máximo nivel, incluso varios aún no han logrado debutar oficialmente.
La realidad mexicana es completamente distinta.
La base del equipo dirigido por Álex Diego llega al Premundial después de competir durante meses en la Liga MX.
Diversos informes de la prensa mexicana indican que los 21 convocados acumulan 4.468 minutos en la Primera División, una cifra que refleja el respaldo que reciben desde sus instituciones.
La diferencia también se observa al revisar nombres propios.
Santiago Sandoval, de Guadalajara, supera los 1.500 minutos en Liga MX.
Hugo Camberos, también del Guadalajara, ronda los 1.300 minutos.
Juan Sigala, del FC Juárez, ya acumula más de 500 minutos.
A ellos se suman futbolistas como Francisco Valenzuela, Luis Gómez, Luis Gamboa, Nelson Cedillo y Cristóbal Alfaro, quienes también han tenido participación con equipos de la máxima categoría.
Es decir, México no espera a que sus jóvenes destaquen en selecciones para darles espacio.
Primero los hace competir.
Después llegan a la Selección Nacional con un ritmo competitivo completamente distinto.
Ese detalle termina marcando diferencias en torneos internacionales.
Mientras el futbolista mexicano llega acostumbrado a enfrentar cada fin de semana a profesionales consolidados, el costarricense muchas veces descubre esa exigencia precisamente cuando viste la camiseta de la Selección.
Y eso tiene un costo.
No es casualidad que México dispute estos campeonatos con futbolistas que ya conocen la presión de estadios llenos, la velocidad del fútbol profesional y la necesidad de tomar decisiones bajo máxima exigencia.
Costa Rica, en cambio, continúa formando muy buenos jugadores en categorías menores, pero muchas veces retrasa el paso más importante de su desarrollo: competir regularmente en Primera División.
La reflexión también alcanza a los clubes.
Si un futbolista demuestra condiciones para integrar una Selección Sub-17 o una Selección Sub-20, debería convertirse en un proyecto prioritario dentro de su institución.
No basta con llevarlo al banco de suplentes.
No basta con hacerlo debutar cinco minutos.
El verdadero crecimiento llega jugando.
Equivocándose.
Corrigiendo.
Compitiendo.
La Federación puede organizar giras internacionales, concentraciones y amistosos de alto nivel, como lo hizo en la preparación hacia este Campeonato Sub-20.
Pero la evolución diaria del futbolista depende de los clubes.
Es ahí donde se construyen los futuros seleccionados nacionales.
México entendió hace varios años que el desarrollo de un juvenil no termina cuando es convocado a una selección menor; por el contrario, ese llamado representa un argumento más para darle minutos en Primera División.
Costa Rica todavía tiene una deuda pendiente en ese aspecto.
Si el objetivo es volver a competir de igual a igual con las principales potencias de Concacaf, el camino parece evidente: las selecciones menores deben seguir formando talento, pero los clubes tienen que asumir un papel mucho más decidido en el crecimiento de esos futbolistas.
Porque los procesos no se consolidan únicamente en el Proyecto Gol.
Se consolidan cada fin de semana, cuando un entrenador decide confiar en un joven y darle la oportunidad de competir donde realmente se forman los futbolistas: la Primera División.
MÁS INFORMACIÓN

