Muchos quieren parecerse a Suecia, incluso en la pandemia

Cuenta la leyenda —es decir, los artículos virales de internet— que a mediados de los noventa, Mona Sahlin, ministra de Género de Suecia y una de las mejor situadas para suceder a Ingvar Carlsson como líder del partido socialdemócrata, se vio obligada a renunciar a su carrera política tras comprar dos 'toblerones' con la tarjeta de crédito otorgada a altos cargos del Gobierno.

La realidad, como suele ocurrir, era un poco más complicada: los gastos también incluían el alquiler de coches para uso privado, además de otros pecados como la contratación en negro de cuidadoras para sus hijos y el impago de varias multas de aparcamiento. Tampoco es verdad que su carrera acabase ahí. Entre 2007 y 2011, fue la líder del partido socialdemócrata sueco… antes de volver a ser acusada de estafa por mentir sobre el salario de su guardaespaldas y por evasión fiscal.

Sin embargo, el 'caso Toblerone', como se conoce popularmente, se ha convertido en una de las historias recurrentes a propósito del mito sueco de prosperidad, civismo e intolerancia hacia la corrupción. También, de una hipotética superioridad cultural, casi enraizada en un ADN cultural y religioso, de los países escandinavos en general y el sueco en particular, que vuelve loco al resto del planeta. En EEUU, por ejemplo, es un modelo para la derecha trumpiana.

Suecia ha dejado de ser un icono únicamente para la izquierda socialdemócrata. “Las cabezas pensantes de la derecha, que parecían encontrar las órdenes sobre mascarillas más cuestionables que un gran número de muertes, alabaron el enfoque ‘laissez faire’ de la contención sueca del virus”, explicaba esta semana un artículo de ‘The New Republic’ en el que recordaba que si la izquierda fantasea con el norte como aspiración socialdemócrata, con un potente estado de bienestar sin miedo a los altos impuestos, la derecha lo hace “con fantasías de superioridad cultural”.

Si hoy en día existe un test de Rorschach socio-económico-político, ese es Suecia, capaz de servir como argumento casi para cualquier razonamiento. El último y más evidente caso, el del confinamiento por el coronavirus, donde esta semana ha sido posible leer el mismo día artículos sobre el éxito y el fracaso de su enfoque. Una vez más, la realidad es más complicada, y tal vez solo dependa de lo que cada cual quiera defender.

Individualismo y sociedad

Durante los últimos días, se ha popularizado la idea de que Suecia renunciaba a la inmunidad de rebaño por el alto número de fallecidos, que lo ha situado como uno de los países con más muertos por millón de habitantes (6,5), muy por encima de Dinamarca o Noruega. No cerraron colegios, institutos, tiendas ni bares y restaurantes. Sin embargo, la inmunidad nunca fue el objetivo sueco, al menos manifiesto. El Gobierno, de hecho, siempre ha corrido a desmentirlo. El arquitecto de sus medidas, Anders Tegnell, explicaba en ‘Financial Times’ que “ni nosotros ni ningún país en el mundo puede alcanzar la inmunidad de rebaño para que la enfermedad desaparezca porque no creo que lo haga”. Los datos lo confirman: el estudio de seropositividad publicado este miércoles mostraba que solo un 7% de la población ha desarrollado anticuerpos. Muy lejos de sus cálculos más optimistas, realizados hace alrededor de un mes, cuando se calculaba que el porcentaje sería de alrededor de un 40% a finales de mayo.

 

“Las decisiones las ha tomado aquí una agencia muy independiente del Gobierno con criterios científicos, por lo que, si el Gobierno hubiese decidido que se cerrase todo, se habría cerrado todo”, explica Lapuente desde Gotemburgo, en cuya universidad es catedrático de politología. “La idea era más bien la de estar mejor preparados para la segunda ola con un nivel de inmunización más alto sin dañar tanto la economía”. Esta semana, las autoridades suecas han admitido que no esperaban una letalidad tan alta, especialmente entre los ancianos, pero al mismo tiempo recordaban que su objetivo siempre fue “aplanar la curva” dentro de las (amplias) capacidades del sistema sanitario sueco, que daban mucho más margen de maniobra respecto a la saturación de UCI. En su razonamiento, el éxito (o fracaso) tan solo se verá a largo plazo, teniendo en cuenta posibles rebrotes e impactos económicos, que por ahora, tampoco son halagüeños.

Hay otros factores muy específicos y difícilmente exportables que influyen en la toma de decisiones del país escandinavo, añade Lapuente. Por un lado, constitucionalmente no pueden “confinar a la gente en casa en tiempo de paz”. También, una configuración de los hogares en las que abundan los unipersonales (“muchos ya prácticamente viven confinados”), el bajo número de policías por habitante en Suecia (203), que tal vez les haya empujado a renunciar a un enfoque más coercitivo, o una densidad poblacional mucho menor.

 

 

El mito del civismo sueco, como la mayoría de mitos, tiene una base real. Especialmente, en lo que concierne a su individualismo, que no es incompatible con una alta protección social. La aparente paradoja que probablemente explique por qué resulta tan atractivo a ambos extremos del arco político. “Como explicaba en ‘El retorno de los chamanes’, solemos ver las dos características que definen a estos países, el Estado de bienestar y el individualismo, como opuestas, cuando pueden ser complementarias”, añade el politólogo. “Suecia ha conseguido que vayan de la mano para bien o para mal, porque el individualismo extremo tiene otros problemas”.

Algunos de ellos fueron recogidos por el periodista inglés Michael Booth en ‘Gente casi perfecta. El mito de la utopía escandinava’, que arrojaba unos cuantos datos para demostrar que la imagen que tenemos de Suecia, Dinamarca o Noruega está distorsionada. Booth criticaba el conformismo sueco comiendo patatas y bebiendo Coca Cola en el Museo Nacional sueco, o cruzando semáforos en rojo. Un libro muy ácido, pero que concluía con la siguiente reflexión: “Occidente está buscando una alternativa al capitalismo rampante que ha arrasado con nuestras economías, un sistema que esquive los extremismos del socialismo soviético y el neoliberalismo desregulado americano, y por lo que a mí respecta, solo hay un lugar para encontrar la sociedad del futuro, y no es Brasil, Rusia o China. Son los países nórdicos”.

Una fascinación política y social por un país inequívocamente eficaz en muchos aspectos. Lo cual no equivale a que, por arte de magia, se produzcan resultados sustancialmente distintos en una epidemia por mera cuestión de carácter nacional. Como recuerda Lapuente, también en los últimos días “las autoridades están comenzando a avisar a la población de que están relajando medidas como la distancia o que se están realizando más viajes de lo recomendado (que era no desplazarse salvo caso urgente), así que aquí también hay problemas de disciplina”. Antes que suecos o españoles, todos somos humanos.

Y ahora, el otro punto de vista

La socióloga Zenia Hellgren es sueca, pero lleva 20 años viviendo en España. Actualmente, es investigadora en el Gritim-UPF (Grupo interdisciplinario de la Inmigración) de la barcelonesa Universidad Pompeu Fabra. Un punto de vista muy interesante para intentar comprender qué diablos nos pasa a los españoles con los escandinavos... O, mejor dicho, con los suecos. Dos términos que, advierte Hellgren, se utilizan demasiado a menudo indistintamente “aunque, por ejemplo, el modelo sueco y el finlandés son muy diferentes”.

“Como sueca, estoy acostumbrada a encontrarme con esa visión no solo aquí, sino en muchas partes del mundo”, explica a propósito del magnetismo de su país natal a nivel internacional. “No soy nacionalista en absoluto, pero tengo que decir que algo de razón hay en ello. En cuanto por ejemplo a la igualdad de género y políticas de conciliación familiar, sí creo que los países escandinavos son ejemplos a seguir. Pero hay que tener cuidado con equiparar el hecho de que los países escandinavos objetivamente son sociedades que funcionan mejor en muchos aspectos que muchos otros países del mundo, con ideas de ‘superioridad cultural’. Son muchos factores sociales, económicos etc. que contribuyeron a que allí se haya podido construir sociedades más igualitarias y en muchos sentidos más avanzadas”.

No obstante, la situación ha cambiado durante las últimas décadas. “Sería mentira decir que no existen diferencias culturales entre Suecia y España, aunque creo que se han ido disminuyendo en las últimas décadas”, valora Hellgren. “Cuando aquí se habla de ‘cómo es Suecia’, creo que muchas veces es más bien la Suecia de la época de oro de la sociedad del bienestar e igualdad, que por supuesto era un mundo años luz de la España franquista o postfranquista”. Algo que explicaría “la mayor tendencia entre los españoles de tal vez cumplir una norma por miedo a una represalia, mientras que, en el caso sueco, típicamente sería por un sentimiento interiorizado de querer hacer lo correcto”.

 

Es la 'buena sociedad' sueca de la que tanto, incluida ella, se ha escrito: “Quieres hacer bien a tu sociedad porque tu sociedad te hace bien a ti”. Algo que, como tantas cosas, se ha ido atenuando, añade la socióloga: “Hemos visto que sobre todo los jóvenes suecos no han respetado en absoluto las recomendaciones de distancia social del Gobierno sueco; la vida allí durante el covid-19 sigue más o menos como siempre para la mayoría de gente, pero gente mayor y vulnerable sufre por lo que perciben como una falta de respeto y consideración. El poco cuidado que tienen los demás les obliga a aislarse en sus casas, no tienen horarios reservados para ellos para salir, y por tanto muchos mayores no salen de sus casas”.

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