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EXPLORER 2013(Slide Title 01)

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Europa no está formalmente en guerra con Rusia, pero tampoco vive ya en una paz completa. Entre ambos escenarios se extiende una peligrosa zona gris: drones, sabotajes, incendios, ciberataques, interferencias de GPS, campañas de desinformación y operaciones ejecutadas por intermediarios difíciles de vincular directamente con Moscú.

Es una confrontación calculada para provocar daños, generar temor y poner a prueba las defensas occidentales sin cruzar claramente la línea que podría activar una respuesta militar de la OTAN.

El episodio más reciente ocurrió en el aeropuerto alemán de Leipzig/Halle, uno de los principales centros logísticos europeos y una instalación utilizada para el traslado de material hacia Ucrania.

Una aeronave no tripulada equipada con explosivos profesionales y un detonador fue encontrada el 4 de agosto cerca de un avión ucraniano. Otro aparato habría colisionado con un carguero de DHL, que sufrió daños en su parte frontal.

La Fiscalía Federal alemana asumió la investigación y calificó lo ocurrido como un ataque grave contra la infraestructura de transporte y logística del país. Posteriormente, el Gobierno alemán responsabilizó a Rusia y anunció el cierre de un consulado ruso y del centro cultural Casa Rusa en Berlín.

Moscú negó cualquier participación y calificó las acusaciones de falsas y políticamente motivadas.

Golpear sin provocar una guerra abierta

La denominada guerra híbrida combina herramientas militares y no militares para debilitar a un adversario desde dentro.

El objetivo no necesariamente es destruir una instalación. También puede buscarse obligar al país atacado a gastar más dinero en seguridad, afectar su economía, sembrar dudas entre la población o medir la velocidad de reacción de sus autoridades.

Entre las tácticas identificadas por la Unión Europea aparecen:

  • Sabotajes contra infraestructura crítica.
  • Ataques y espionaje informático.
  • Interferencias en sistemas de navegación.
  • Manipulación informativa y desinformación.
  • Intromisión en procesos electorales.
  • Utilización de migrantes como mecanismo de presión.
  • Reclutamiento de ciudadanos europeos para ejecutar operaciones clandestinas.

La clave está en mantener cada acción por debajo del umbral de un ataque militar convencional. Sin soldados rusos reconocibles ni una declaración de guerra, demostrar quién dio una orden puede resultar lento y complejo.

Ese margen de ambigüedad dificulta una respuesta conjunta y permite que cada incidente sea presentado como un hecho aislado, un accidente o una operación criminal común.

Personas reclutadas desde redes sociales

Dinamarca denunció recientemente que los servicios rusos intentan reclutar ciudadanos europeos mediante redes sociales y plataformas de videojuegos.

Las tareas iniciales pueden parecer menores: fotografiar una base militar, vigilar una fábrica, transportar un paquete o conseguir información sobre una instalación estratégica. Posteriormente, algunos reclutados podrían ser utilizados para cometer incendios o actos de sabotaje sin conocer quién dirige realmente la operación.

Este sistema reduce los costos para quien lo organiza y crea una distancia entre sus autores intelectuales y quienes ejecutan las acciones.

El servicio de inteligencia danés sostiene que empresas de defensa vinculadas con el suministro de material a Ucrania figuran entre los objetivos. Rusia también rechazó estas acusaciones y afirmó que no se han presentado pruebas suficientes.

Un patrón que se extiende por Europa

Las sospechas no se concentran únicamente en Alemania.

Países del entorno del mar Báltico han denunciado cortes de cables submarinos, interferencias constantes en las señales GPS, vuelos de drones cerca de instalaciones militares y operaciones contra redes energéticas.

En Polonia se investigan incendios y sabotajes contra infraestructura ferroviaria y fábricas relacionadas con la fabricación de drones. Estonia, Letonia y Dinamarca también han informado sobre intentos de espionaje o ataques contra compañías de defensa.

El Consejo de la Unión Europea considera que estas actuaciones forman parte de una campaña “coordinada y prolongada” destinada a debilitar la seguridad, las instituciones democráticas y el respaldo europeo a Ucrania.

La OTAN, por su parte, reconoce que las actividades híbridas atribuidas a Rusia han aumentado, aunque insiste en que sus miembros también han mejorado el intercambio de inteligencia y la persecución de los responsables.

¿Por qué se habla de una “guerra gris”?

Una guerra convencional contra los 32 miembros de la OTAN supondría para Rusia un riesgo militar enorme y podría desencadenar una escalada nuclear.

La zona gris ofrece otra alternativa: hostigar continuamente, pero sin proporcionar una justificación inequívoca para aplicar el artículo 5 del Tratado del Atlántico Norte, que considera un ataque contra un aliado como un ataque contra todos.

El método busca explotar las diferencias políticas dentro de Europa. Mientras algunos gobiernos reclaman una respuesta fuerte, otros exigen pruebas definitivas antes de imponer sanciones o tomar medidas que puedan intensificar el conflicto.

Esa dificultad para atribuir responsabilidades es parte esencial de la estrategia.

El gran peligro para Europa

El mayor riesgo no reside únicamente en cada dron o sabotaje por separado. Está en la posibilidad de que estas acciones se normalicen.

Si los ataques quedan sin respuesta, pueden aumentar en frecuencia y gravedad. Pero una reacción excesiva también podría generar una escalada directa entre Rusia y la OTAN.

Europa enfrenta así un complejo desafío: proteger aeropuertos, redes eléctricas, fábricas, puertos y sistemas digitales sin caer en provocaciones ni convertir cualquier incidente sin esclarecer en una acusación automática.

La guerra gris se desarrolla precisamente en ese espacio de incertidumbre. No tiene frentes definidos, uniformes ni declaraciones oficiales, pero sus consecuencias ya se sienten en buena parte del continente.

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