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La biotecnóloga argentina Raquel Lía Chan, reconocida este año con el prestigioso Premio Internacional L’Oréal-Unesco, se convirtió en una de las figuras científicas más influyentes del mundo gracias a un descubrimiento que podría transformar la agricultura global frente al cambio climático.

Chan y su equipo desarrollaron semillas transgénicas de trigo y soja capaces de resistir sequías extremas mediante la incorporación de un gen proveniente del girasol, conocido como HB4, que activa mecanismos naturales de defensa de las plantas ante el estrés hídrico.

El hallazgo, desarrollado en el Instituto de Agrobiotecnología del Litoral, en Santa Fe, posicionó a Argentina como uno de los pocos países del planeta en crear tecnología biotecnológica agrícola propia y exportable.

“Los transgénicos se asocian con una mala palabra, pero muchas veces eso responde al desconocimiento”, afirmó la investigadora en entrevista con El País.

La científica recordó que el primer gran transgénico utilizado masivamente en medicina fue la insulina aplicada a pacientes diabéticos, desarrollada a partir de organismos modificados genéticamente.

Un avance clave en tiempos de cambio climático

El desarrollo del trigo HB4 tomó décadas de investigación y hoy es observado con enorme interés por países agrícolas golpeados por las sequías y las temperaturas extremas.

Según datos internacionales, las pérdidas agrícolas relacionadas con estrés hídrico representan miles de millones de dólares cada año y amenazan la seguridad alimentaria mundial.

El reconocimiento entregado por L’Oréal-Unesco destacó precisamente el impacto global del trabajo de Chan, señalando que sus investigaciones permitieron “transformar los fundamentos de la biología vegetal en innovación agrícola”.

El premio internacional, además del prestigio científico, está dotado con 100.000 euros.

El trigo argentino que despertó interés mundial

Uno de los momentos más importantes para el proyecto ocurrió a finales de 2021, cuando Brasil aprobó la comercialización de harina producida con trigo HB4.

La noticia colocó a Chan bajo los reflectores internacionales. Desde entonces, la tecnología comenzó a expandirse hacia mercados de América, Estados Unidos y Australia.

La investigadora explicó que el objetivo nunca fue crear una “planta artificial”, sino potenciar capacidades naturales que ya existen en especies resistentes como el girasol.

“Lo que nos preguntábamos era por qué algunas plantas se marchitan rápidamente y otras sobreviven”, comentó.

Ciencia argentina en medio de recortes

El reconocimiento internacional llega en un momento especialmente delicado para la ciencia argentina.

Chan advirtió que los recortes presupuestarios impulsados por el Gobierno de Javier Milei están golpeando duramente a los centros de investigación y podrían acelerar la fuga de cerebros.

“A las ciencias experimentales nos está matando”, afirmó.

La investigadora recordó que entre 2012 y 2016, cuando dirigió el CONICET, la inversión científica representaba aproximadamente el 0,3% del PIB argentino, mientras que actualmente ronda el 0,15%.

“Para dejar de ser un país pobre hay que hacer ciencia”, sostuvo.

Una científica formada entre Argentina, Israel y Francia

Raquel Chan nació en Buenos Aires hace 66 años y desde pequeña mostró una enorme curiosidad científica.

Estudió Química en Israel, realizó su doctorado en Rosario y luego viajó a Francia para completar estudios posdoctorales antes de regresar definitivamente a Argentina.

Su carrera terminó consolidándose en Santa Fe, donde ayudó a impulsar la biotecnología vegetal en la Universidad Nacional del Litoral durante los años noventa.

Hoy, décadas después, su trabajo es considerado uno de los mayores avances científicos latinoamericanos aplicados a la agricultura moderna.

El desafío de cambiar la percepción sobre los transgénicos

Chan considera que uno de los grandes desafíos actuales es mejorar la divulgación científica.

Según explicó, existe todavía una fuerte resistencia cultural hacia los organismos genéticamente modificados, pese a que numerosos estudios internacionales respaldan su seguridad.

“Los científicos también tenemos que aprender a explicar mejor lo que hacemos”, reconoció.

La investigadora cree que con el tiempo los alimentos modificados genéticamente serán vistos con mayor naturalidad, especialmente en un escenario global donde el cambio climático obliga a buscar soluciones urgentes para garantizar la producción de alimentos.

Fuente: El País / entrevista a Raquel Lía Chan

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