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El balón puede estar listo, los equipos también y las entradas vendidas. Pero hay un protagonista del espectáculo cuya presencia en buenas condiciones empieza a ser cada vez más difícil de garantizar: el terreno de juego.

Una investigación de L’Équipe, firmada por Alexis Danjon, aborda una amenaza que suele quedar fuera del análisis deportivo. El cambio climático está complicando el mantenimiento de las superficies sobre las que se practican fútbol, rugby y golf. Detrás de una cancha deteriorada puede haber mucho más que un jardinero cuestionado.

El problema combina calor, disponibilidad de agua, lluvias intensas y enfermedades vegetales. Y obliga a revisar una exigencia que el deporte profesional convirtió en costumbre: disponer de una alfombra verde durante todo el año, independientemente del clima.

Una cancha también necesita recuperarse

El césped es un organismo vivo sometido a un desgaste extraordinario. Cada entrenamiento, entrada y cambio de dirección castiga una superficie que necesita regenerarse.

El calor y la escasez de agua dificultan esa recuperación. En el extremo contrario, las precipitaciones intensas pueden saturar el suelo y comprometer su uso. World Rugby ya advierte que las sequías, las inundaciones y las altas temperaturas afectan tanto a los terrenos como a la organización del deporte.

Su informe climático, publicado en 2024, estudió diez países. En un escenario de calentamiento global de 2 °C respecto del nivel preindustrial, proyecta un aumento de las lluvias intensas y las inundaciones repentinas en ocho de ellos. Son proyecciones para ese escenario, no una descripción uniforme de lo que sucede hoy en cada estadio.

La consecuencia deportiva resulta fácil de comprender: menos disponibilidad de canchas, mantenimiento más exigente y mayor dificultad para sostener los calendarios.

La amenaza también llega por las raíces

El reportaje francés incorpora otro frente: las enfermedades y las plagas.

Entre ellas aparece el escarabajo japonés, cuyas larvas dañan las raíces del césped. Las autoridades agrícolas francesas confirman que este insecto puede afectar a más de 300 especies vegetales y que sus larvas provocan daños en superficies como campos de golf y otras áreas de pasto.

Conviene separar los fenómenos: una plaga invasora tiene vías propias de dispersión y su presencia no demuestra, por sí sola, una relación causal con el cambio climático. Para quienes mantienen las canchas, sin embargo, representa una presión adicional.

¿Cambiar todo por césped sintético? La respuesta exige matices

La superficie artificial ofrece una alternativa para determinadas instalaciones y cargas de uso. Pero también presenta dificultades que deben entrar en la cuenta.

Una investigación divulgada por el Servicio Geológico de Estados Unidos comparó cuatro pares de campos naturales y artificiales en Europa y Estados Unidos. Encontró temperaturas superficiales significativamente superiores en los sintéticos; en uno de los casos, la diferencia alcanzó aproximadamente 14,8 °C.

Ese dato corresponde a la superficie, no a la temperatura del aire ni a la del cuerpo de los jugadores.

Las propias guías de la FIFA señalan que algunas canchas artificiales pueden necesitar riego para enfriarse. Por eso, escoger una superficie requiere considerar el clima local, la intensidad de utilización, el mantenimiento y el agua disponible. Ningún material resuelve por sí solo todos esos problemas.

El desafío es conservar el juego con menos recursos

Las respuestas ya van más allá de regar cuando el terreno empieza a ponerse amarillo.

La Federación Francesa de Golf y la agencia del agua Seine-Normandie tienen un acuerdo que abarca 167 campos hasta 2030. Incluye optimizar el riego, adaptar los recorridos, gestionar mejor las lluvias y desarrollar fuentes alternativas de agua.

El cambio de enfoque es importante: anticiparse al deterioro mediante mediciones, variedades de césped adecuadas y personal capacitado.

También obliga a revisar cuánto pesa la apariencia en las decisiones. Un terreno perfectamente verde en televisión y una superficie apta para jugar son exigencias relacionadas, pero su evaluación necesita criterios técnicos.

Una discusión que también le corresponde a Costa Rica

Para el deporte costarricense, estos antecedentes plantean preguntas concretas: ¿qué superficie conviene en cada zona?, ¿cómo responde el drenaje?, ¿cuánta agua necesita el mantenimiento?, ¿qué horarios permiten utilizar mejor las instalaciones?

No sería riguroso atribuir cada cancha deteriorada del país al cambio climático sin estudiar sus condiciones. El diseño, el presupuesto y la cantidad de uso también cuentan.

Pero la advertencia internacional merece atención desde ahora. Para un club pequeño o una escuela deportiva, perder una cancha durante semanas puede significar quedarse sin un lugar para entrenar.

El futuro del deporte también se está jugando debajo de los tacos. 

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