
La escritora Amanda Castillo cuestiona una contradicción cultural: celebrar la madurez femenina mientras se exige que sus huellas apenas se vean. Su ensayo abre un debate sobre belleza, dinero y libertad.
“Qué bien se conserva”. La frase suele pronunciarse como un elogio, pero encierra una condición: una mujer merece admiración cuando consigue que su edad no se note demasiado.
Ese reconocimiento aparentemente amable permite entrar en el debate que plantea Amanda Castillo en Tenemos derecho a envejecer como los hombres, publicado en español por Continta Me Tienes. ¿Cuánto de la angustia por cumplir años nace del cambio físico y cuánto del trato que una persona teme recibir cuando deje de parecer joven?
La periodista y ensayista suiza, de origen español, aborda esa pregunta en una entrevista concedida a María Ovelar, de El País. Su reflexión pone el foco en una desigualdad: mientras la madurez masculina dispone de relatos de autoridad, experiencia y atractivo, la femenina sigue enfrentándose a la exigencia de disimularse.
“Hace falta mucho dinero para fingir que el tiempo no pasa”, sostiene Castillo.
La frase desplaza la conversación del espejo al bolsillo. Mantener una apariencia determinada puede requerir tratamientos, productos, ejercicio, tiempo y recursos. Cuando las celebridades se convierten en la medida con la que se juzga a todas las mujeres, sus posibilidades económicas quedan fuera de la fotografía.
Así aparece una competencia desigual: se presenta como mérito individual un resultado que también depende del dinero disponible. Y quienes no pueden o no quieren perseguirlo terminan expuestas al juicio de haberse descuidado.
El problema de tener que demostrar que todavía se puede
La discusión alcanza incluso a los mensajes que pretenden combatir los prejuicios. Celebrar que una mujer “todavía” resulta atractiva a los cincuenta o sesenta años puede conservar la misma sospecha que busca desmontar: que a esa edad debería haber dejado de serlo.
Desde esa perspectiva, incorporar mujeres maduras a la publicidad o a la ficción resulta insuficiente si únicamente se admite a quienes cumplen un ideal físico excepcional. La representación se amplía de verdad cuando también hay espacio para cuerpos corrientes, personajes complejos y vidas cuyo interés no depende de la apariencia.
La cuestión merece, sin embargo, un matiz: los hombres también pueden sufrir discriminación por edad, inseguridad corporal y presión estética. Reconocerlo permite precisar el argumento de Castillo: el paso del tiempo puede afectar a ambos sexos y, aun así, recibir valoraciones diferentes según quién envejece.
Lo que un estudio de citas permite afirmar
Uno de los datos más llamativos de esta discusión procede de una investigación de Elizabeth Bruch y Mark Newman, publicada en Science Advances en 2018. Al analizar interacciones heterosexuales en un servicio de citas de cuatro ciudades estadounidenses, encontraron que la puntuación de deseabilidad femenina descendía con la edad, mientras la masculina aumentaba hasta aproximadamente los cincuenta años.
El resultado exige contexto. Los investigadores construyeron esa puntuación a partir de los mensajes recibidos y de quién los enviaba. No midieron el valor de las personas, la calidad de sus relaciones ni una ley universal del atractivo.
Tampoco esos datos permiten concluir que todo hombre que busca una pareja más joven desea controlarla. Las motivaciones individuales requieren otras pruebas. El hallazgo sí permite discutir cómo se distribuye la atención en un entorno concreto y qué expectativas pueden intervenir en ella.
La libertad también incluye querer cambiar
Otra parte valiosa del planteamiento consiste en evitar que la crítica a la presión estética se convierta en un nuevo tribunal contra las mujeres.
Maquillarse, teñirse o recurrir a una intervención no anula la capacidad de cuestionar los mandatos de belleza. Tampoco aceptar las arrugas debería convertirse en una obligación moral.
El criterio decisivo es cuánto margen existe para elegir sin castigo. Una libertad que solo reconoce a quien parece joven es limitada; también lo sería una que exigiera sentirse feliz con cada cambio del cuerpo.
El debate que propone Castillo termina, por eso, mucho más allá de las canas. Se trata de poder seguir siendo escuchada, deseada, contratada o reconocida sin tener que presentar primero pruebas de juventud.
Cumplir años debería permitir acumular vida sin tener que justificar el rostro que esa vida deja.
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