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Una costarricense aspira a dirigir Naciones Unidas con una advertencia que trasciende su candidatura: el mundo corre el riesgo de olvidar por qué necesitó construir reglas para contener el poder después de la Segunda Guerra Mundial.

Rebeca Grynspan llevó ese mensaje al foro World in Progress, celebrado en Barcelona, donde defendió una ONU más activa frente a los conflictos, más cercana al terreno y dispuesta a negociar incluso cuando el éxito no esté asegurado.

“Se han desdibujado las lecciones del pasado”, expresó durante la conversación recogida por EL PAÍS.

Su planteamiento llega en un momento de cuestionamientos sobre la capacidad de la organización para prevenir guerras, proteger a los civiles y conseguir que sus decisiones se traduzcan en hechos. Pero también abre una discusión: cuánto depende del liderazgo de Naciones Unidas y cuánto de la voluntad de los gobiernos que la integran.

Una historia personal detrás de su defensa de la paz

En Barcelona, Grynspan vinculó su compromiso diplomático con la historia de su familia. Recordó que sus abuelos murieron en el Holocausto y que sus padres sobrevivieron y pudieron reconstruir su vida en Costa Rica.

Ese relato ayuda a comprender su posición: la paz representa la posibilidad de estudiar, trabajar y formar una familia sin que la violencia destruya esas oportunidades.

Su trayectoria combina esa experiencia familiar con responsabilidades públicas e internacionales. Fue vicepresidenta de Costa Rica entre 1994 y 1998, dirigió la Secretaría General Iberoamericana y ocupó altos cargos en el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo.

En 2021 se convirtió en la primera mujer en dirigir la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo, conocida como UNCTAD. Actualmente figura en licencia especial mientras compite por la Secretaría General de la ONU.

La crítica: una organización demasiado temerosa

Uno de los puntos centrales de su intervención fue el cuestionamiento a una ONU que, según su diagnóstico, se ha vuelto demasiado reacia a asumir riesgos diplomáticos.

La observación tiene fuerza: una mediación puede fracasar, pero esperar condiciones ideales también puede significar perder oportunidades para evitar sufrimiento.

Desde esa perspectiva, una organización más activa no sería aquella que promete resolver todas las guerras, sino la que intenta abrir conversaciones, sostiene contactos y busca acuerdos concretos incluso entre adversarios.

Sin embargo, esa iniciativa necesita condiciones. Negociar exige interlocutores, acceso, credibilidad y alguna disposición de las partes. Un liderazgo decidido puede ampliar el espacio diplomático; no puede garantizar que los gobiernos o los actores armados acepten sus propuestas.

El acuerdo del mar Negro: resultados sin terminar una guerra

Grynspan tiene un antecedente relevante para respaldar su argumento: participó en los esfuerzos negociadores que hicieron posible la Iniciativa de Granos del Mar Negro.

El mecanismo permitió transportar de forma segura cerca de 33 millones de toneladas de cereales y otros alimentos desde Ucrania hacia 45 países, según Naciones Unidas.

Su importancia fue concreta. En medio de una guerra, consiguió habilitar una vía de exportación con efectos sobre el abastecimiento internacional.

El caso ilustra una idea valiosa: la diplomacia puede producir beneficios humanitarios y económicos aun cuando no logra resolver el conflicto principal.

También muestra sus límites. El acuerdo dependía de la cooperación de los involucrados y no sustituyó una solución política a la guerra. Su enseñanza es que los avances parciales importan, pero requieren respaldo y continuidad.

Reformar la gestión no equivale a cambiar el poder

La propuesta de una ONU más ágil merece distinguir dos dimensiones.

Una corresponde al funcionamiento: coordinar mejor sus organismos, reducir duplicaciones, fortalecer la presencia en el terreno y colaborar con organizaciones regionales. Son asuntos en los que la Secretaría General puede impulsar cambios, aunque algunos requieren decisiones y recursos de los Estados.

La otra dimensión es la distribución del poder.

Estados Unidos, Rusia, China, Francia y Reino Unido conservan el derecho de veto en el Consejo de Seguridad. Una secretaria general no puede eliminarlo por decisión propia.

Las reformas de la Carta necesitan amplios acuerdos y, para entrar en vigor, la ratificación de dos tercios de los miembros, incluidos los cinco permanentes del Consejo.

Allí está la dificultad principal de cualquier promesa de transformación: mejorar la administración puede hacer más eficaz a Naciones Unidas, pero no elimina los desacuerdos políticos que paralizan decisiones.

Una candidatura con respaldo, todavía sin desenlace

Costa Rica formalizó la nominación de Grynspan el 3 de marzo de 2026. De resultar escogida, sería la primera mujer en ocupar el cargo.

Reuters informó que obtuvo 11 apoyos y cuatro votos de desaliento en el sondeo informal del Consejo de Seguridad del 30 de octubre, según fuentes diplomáticas.

Es una señal favorable para su candidatura, no una elección definitiva. Las consultas informales sirven para medir posiciones y facilitar negociaciones; sus resultados no constituyen el nombramiento.

El procedimiento establece que el Consejo de Seguridad recomienda una candidatura y la Asamblea General realiza la designación. El siguiente mandato comienza el 1.º de enero de 2027.

Qué representa para Costa Rica

La aspiración tiene un significado especial para un país cuya proyección internacional ha estado ligada a la diplomacia, el derecho y la solución pacífica de controversias.

Pero su eventual llegada al cargo no supondría dirigir Naciones Unidas en representación de los intereses costarricenses. La Carta exige independencia de los gobiernos a quien ocupa la Secretaría General.

Para Costa Rica, el valor estaría en ver a una figura formada en su vida pública asumir una responsabilidad mundial. Para la comunidad internacional, la evaluación tendría que concentrarse en su capacidad para mediar, administrar y defender principios con coherencia.

La prueba de su propuesta

Grynspan ofrece un argumento convincente cuando sostiene que la ONU debe intentar más y acercarse a los lugares donde se necesita su intervención.

La exigencia será demostrar cómo hacerlo: con qué prioridades, recursos y alianzas; cómo medir los resultados y cómo mantener credibilidad ante gobiernos enfrentados.

Su experiencia aporta razones para escucharla. Las restricciones del sistema aportan razones para examinar sus propuestas con rigor.

La discusión que plantea va más allá de quién suceda a António Guterres: cómo recuperar una cooperación internacional capaz de limitar los abusos del poder y ofrecer protección concreta a las personas.

Recordar las lecciones del pasado sería el punto de partida. Convertirlas en decisiones será el verdadero desafío.

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