El gran avance de Elon Musk también plantea una preocupación: ¿qué pasará con la NASA y las empresas de satélites si SpaceX cambia sus prioridades antes de tener listo su nuevo sistema?
Starship alcanzó por primera vez la órbita terrestre el 28 de septiembre y desplegó 26 satélites Starlink. Sin embargo, el ensayo terminó antes de lo previsto: un problema de motor obligó a reducir de diez a unas tres horas la misión, según Reuters. Fue un hito, aunque todavía queda camino para lograr operaciones regulares.
El impulso comercial es evidente. Los nuevos satélites pueden manejar diez veces más datos que sus antecesores, según SpaceX. Así, el megacohete ofrece una vía para expandir el negocio de internet de Musk mientras desarrolla sus ambiciones lunares.
La inquietud surge con el retiro progresivo del Falcon 9, el cohete que ha permitido a numerosas compañías llegar al espacio. CNN recoge la preocupación de operadores que necesitan asegurar futuros lanzamientos y advierte que las alternativas todavía presentan limitaciones.
Para la NASA, la transición exige especial cuidado. Dragon es actualmente la única nave estadounidense operativa para transportar astronautas a la Estación Espacial Internacional. Pero hay un matiz: CNN sitúa su posible retirada en la década de 2030, sin establecer que dejará de volar en 2028.
En paralelo, la agencia mantiene Artemis III como una prueba en órbita terrestre para 2027 y apunta al regreso a la superficie lunar con Artemis IV en 2028. SpaceX y Blue Origin compiten por aportar el vehículo de descenso, cuya disponibilidad será decisiva.
La paradoja es que SpaceX ha facilitado el acceso al espacio hasta convertirse en un proveedor difícil de reemplazar. Ahora, su salto tecnológico plantea una pregunta que supera al propio cohete: quién podrá seguirle el ritmo y a qué precio.
