Un estudio europeo sin precedentes encendió las alarmas en la comunidad médica: la enfermedad hepática silenciosa está avanzando más de lo que se creía.
Y está impulsada principalmente por la mala alimentación, el consumo de alcohol y el sedentarismo.
El proyecto LiverScreen, el mayor análisis realizado sobre salud hepática en Europa, evaluó a más de 30.000 personas en nueve países (España, Francia, Alemania, Italia, Países Bajos, Reino Unido, Dinamarca, Croacia y Eslovaquia) y reveló un dato impactante: 1 de cada 60 adultos mayores de 40 años padece fibrosis hepática sin saberlo.
Esta enfermedad ocurre cuando el hígado acumula cicatrices (fibrosis) debido a daños continuos. Con el tiempo, el órgano pierde su capacidad de regenerarse, se vuelve rígido y deja de cumplir funciones vitales como filtrar toxinas. En fases avanzadas puede evolucionar a cirrosis o cáncer hepático.
El caso de Josep Maria Martínez, citado en el estudio, refleja la gravedad del problema. Sin síntomas previos, fue diagnosticado con cirrosis tras sufrir un episodio neurológico causado por toxinas acumuladas en su organismo. “Nunca me había dolido nada”, relató. Su vida fue salvada gracias a un trasplante.
Según datos expuestos en el congreso de la Asociación Española para el Estudio del Hígado, la enfermedad hepática puede desarrollarse de forma silenciosa durante 25 o incluso 30 años, sin señales claras ni alteraciones evidentes en análisis convencionales.
Investigaciones internacionales coinciden en la misma tendencia. Publicaciones médicas en inglés como The Lancet Gastroenterology & Hepatology advierten que la enfermedad del hígado graso asociada al metabolismo (NAFLD/MASLD) ya afecta a cerca del 30% de la población mundial, estrechamente vinculada con obesidad y diabetes.
En Francia, reportes del Inserm señalan que el consumo regular de alcohol sigue siendo uno de los principales detonantes de daño hepático progresivo.
Mientras tanto, estudios alemanes destacan que el sedentarismo y las dietas altas en azúcares y ultraprocesados aceleran la inflamación hepática incluso en personas jóvenes.
Uno de los mayores desafíos es la detección. Los expertos coinciden en que las pruebas tradicionales, como las transaminasas (ALT y AST), no son suficientes para diagnosticar fibrosis. Por ello, el estudio propone el uso de modelos de riesgo que combinan edad, glucosa, plaquetas y enzimas hepáticas, así como pruebas más avanzadas como la elastografía (FibroScan), que mide la rigidez del hígado sin necesidad de procedimientos invasivos.
La fibrosis se clasifica en una escala de F0 a F4, donde F4 representa la cirrosis. Detectar la enfermedad en etapas intermedias (F1-F3) es clave para evitar consecuencias irreversibles.
Especialistas en hepatología coinciden en que el papel de la atención primaria será determinante en los próximos años, con el objetivo de diagnosticar la enfermedad antes de que aparezcan síntomas.
El mensaje es claro: el hígado puede estar deteriorándose durante años sin señales evidentes. Y cuando finalmente se manifiesta, muchas veces el daño ya es severo.
La combinación de dieta inadecuada, alcohol y falta de actividad física está generando una “epidemia silenciosa” que, según expertos, podría convertirse en uno de los principales problemas de salud global en las próximas décadas si no se actúa a tiempo.



