El famoso rally Dakar agoniza en Sudamérica

En sus años felices en África, el Dakar llegó a durar tres semanas y podía recorrer más de 8.000 kilómetros cronometrados; era la aventura, la incertidumbre, el desierto y, a la vez, las críticas por su paso por países tan pobres como Chad o Níger. Eran otros tiempos.

En 2009 la prueba se trasladó a Sudamérica y, aunque ya se redujo a dos semanas y a unos 5.000 kilómetros, mantuvo cierto atractivo: la gran duna de Iquique o el salar de Uyuni ofrecían belleza y había más competición, más velocidad. La supervivencia era aún posible.

Este 2019, en cambio, ha llegado el principio del fin: tras una década en el nuevo continente, el Dakar que empieza este lunes -este domingo, ceremonia de salida- ha quedado reducido a 10 días y a menos de 3.000 kilómetros en un sólo país, en Perú. La decadencia de la carrera ya es evidente. ¿Su defunción está cerca?

Todavía hay interés en Francia o España por parte de pilotos, patrocinadores y público; todavía quedan marcas como Mini en coches o Honda y KTM en motos con anchos bolsillos; y todavía cuenta con el empuje de ASO, la organizadora del Tour; pero el rally más duro del mundo se encuentra en su peor momento. Más allá de su mortalidad (25 pilotos fallecidos) o de su huella ambiental (15.000 toneladas de CO2 al año), la prueba está tocada por la espantada de los países que deberían sostenerla: Argentina, Chile y Bolivia.

«Este año hemos encontrado un contexto un poco complicado: nuevo presidente en Chile, con una política de austeridad, problemas económicos muy fuertes en Argentina y, en Bolivia, la inexactitud por el futuro del Dakar en el país», explica el director de la prueba, Etienne Lavigne, aún con optimismo. Según él, el interés de Perú asegura la edición de 2020 y otros países (quizá Chile, quizá Ecuador) deberían sumarse, aunque también podrían surgir problemas. Este mismo año Perú ya se planteó renunciar y casi obliga a bajar la persiana.

«Los raids largos son historia: son demasiado grandes para controlarlo todo y tremendamente difíciles de organizar», comenta Marc Coma que, como director deportivo del Dakar, se encargó de la ruta de las tres últimas ediciones. Bajo su mando, el rally recuperó cierto espíritu y vivió etapas emocionantes, pero tras su marcha el recorrido se antoja monótono.

En una ruta ida y vuelta desde Lima hasta Tacna, en la frontera sur del país (unos 1.200 kilómetros por carretera), habrá dos ciudades, Pisco y San Juan de Marcona, que verán hasta cinco etapas de la carrera. La mayoría de la prueba se disputará en las mismas dunas y, con un descanso en Arequipa el próximo sábado, la meta se colocará el jueves 17 -día extraño- en Lima.

Alonso, la esperanza

Allí deberían llegar quienes mantienen el aura del Dakar: sus campeones. Mientras en la categoría de motos, los aspirantes al título son desconocidos por el gran público (desde el austriaco Matthias Walkner al español Joan Barreda), en la categoría de coches sobran los veteranos que sostienen el lustre de la prueba. Stéphane Peterhansel, Carlos Sainz, Nani Roma, Cyril Despres, Sebastien Loeb y Nasser Al-Attiyah son contendientes de suficiente nivel para mantener el interés mientras llega o no llega el gran nombre: Fernando Alonso.

Desde hace semanas el rally fantasea con la incorporación del doble campeón de Fórmula 1 en 2020 como gancho. Aunque sería más probable su regreso al Gran Circo que su paso al Dakar, la misma organización alimenta la hipótesis. El oxígeno que le ofrecería sería, en efecto, impagable. «Sé que hay rumores. Estaríamos encantados de recibirle, sería un placer y un honor. Algo así siempre es un win-win para todos», comentaba Lavigne a Marca. Por el momento parece más un sueño que otra cosa. Mientras, la prueba va perdiendo todo aquello que fue.

Fuente: El Mundo