Ana Ivanovic anuncia su retiro a los 29 años de edad

Aquella tarde de junio de 2008, en París, estaba naciendo una estrella. El tenis, un deporte ávido como pocos por encontrar ídolos e iconos, veía cómo Ana Ivanovic, número 2 del mundo y aún con solo 20 años, ganaba la final de Roland Garros a Dinara Safina. El año anterior había jugado esa misma final con peor suerte, pues Justine Henin la había derrotado. La belga acababa de anunciar su retirada, sorprendiendo y preocupando al mundo del tenis, necesitado siempre de grandes nombres. En doce meses Ivanovic sumaba dos finales en París, otra en Melbourne y unas semifinales en el complicadísimo Wimbledon. El lunes siguiente el ránking la recompensaría con el número 1 del mundo. Ahí estaba el relevo.

Su saque estaba entre los mejores del circuito, su derecha era plana y mortífera, sabía cubrirse bien el revés, la peor de sus armas. Era el presente y también el futuro, pero ese mismo mes algo pasó, lo que era una trayectoria en ascenso se truncó repentinamente. No hubo grandes lesiones que explicasen la caída, ninguna historia que hiciese entender el repentino bajón de aquella niña que estaba llamada a reinar, pero no reinó. Nunca más volvió a ganar un Grand Slam, ni siquiera un premier mandatory, la categoría inferior a los más grandes. Nunca más entró en una final de un grande y solo muchos años después, en 2015, encontró el camino hasta las semifinales de Roland Garros. El tenis se esfumó, Ivanovic cayó en la irrelevancia.

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Este jueves 28 de diciembre se retira una estrella de 29 años, una jugadora que era referencia. También se va una decepción, la tenista que estaba llamada a ser la mejor del mundo pero que desapareció a la misma velocidad que la que la propulsó al cénit del deporte de la raqueta. Un expediente X, un camino que recuerda a las nuevas -también a Garbiñe, tan parecida tantas veces- que llegar es una cosa y mantenerse otra muy diferente.

"He decidido retirarme del tenis profesional, ha sido una decisión difícil de tomar, pero hay que estar alegres. Quise ser tenista desde que tenía cinco años y veía jugar a Monica Seles en televisión. Mis padres me han apoyado hasta ser número 1 y ganar Roland Garros. He jugado muchos partidos célebres, diría que no está mal para una pequeña niña serbia", comentaba la ya extenista en un directo de facebook con el que anunció su decisión, que achacó también a las lesiones que en los últimos tiempos habían limitado su juego.

Se le fue el tenis, pero no la imagen. En todos estos años, ocho desde su ascenso y caída, a Ivanovic nunca le ha faltado un contrato jugoso. Los torneos se peleaban porque fuese ella quien sacaba las bolas en el sorteo o la que presentaba el cartel del torneo. Adidas lleva una década detrás de ella, incluyéndola en todas sus campañas de publicidad a pesar de que su tenis no se correspondiese realmente con la excelencia. Cualquier historia valía para llamarla pues, en todo caso, con ella se sabía que cualquier acto iba a tener tirón.

Beneficios y perjuicios de una imagen única

Y esa es otra de las constantes en la vida de la tenista. Ivanovic es ese tipo de tenistas que se ha beneficiado y perjudicado (son dos caras de una misma moneda) de un atractivo evidente que la colocaba tan alta en las revistas de glamour como en la lista de entradas de los torneos de tenis. Esto no es nuevo, es tan antiguo como el propio deporte que siempre ha dado una prima a las jugadoras que, además de tenis, llamaban la atención por su físico. Es algo que no ocurre en el masculino, pero es una constante cuando de mujeres deportistas se habla.

Ivanovic luchó contra eso, y también se benefició de ello. Porque la contradicción no impide. Ella misma, cuando aún tenía 19 años y accedía por primera vez a una final de Grand Slam, luchaba contra el estereotipo. "La gente me conoce por cómo juego, no por ser guapa. Nunca elegiría una sesión fotográfica antes que un entrenamiento. El tenis es mi prioridad y siempre lo será. Me gusta, lo disfruto. Soy joven, me gusta viajar... ¡Quiero aprovechar todas las oportunidades! Nunca preferiría ser modelo a tenista", explicaba en aquellos tiempos la serbia cuando le preguntaban del tema. Porque ella nunca pudo escapar de esa imagen, en todas sus comparecencias públicas, especialmente desde que su tenis se extinguió, tenía que lidiar con temas de moda o imagen. Quizá no le apetecían, es probable que sobrasen, aunque también es cierto que gracias a eso consiguió contratos como el de los cosméticos Shiseido.

Ella misma es consciente de esto, y quizá por eso en su anuncio añadía el mundo de la moda como uno de sus próximos horizontes. "El tenis ha sido mi amor, pero estoy esperando lo que viene ahora, me convertiré en embajadora de este deporte y pasaré tiempo en los negocios, la belleza y la moda", comentaba Ivanovic, que también anunció que dedicará más tiempo a sus actividades filantrópicas, que incluyen trabajo conjunto con la ONU.

La serbia hoy se retira, ahora deja el tenis como el propio tenis la abandonó hace ya ocho años. Ha pasado este tiempo con algunos picos de forma en los que volvía a ser peligrosa para sus rivales, pero siempre lejos de lo que fue y aún más de lo que apuntaba a ser. Han sido años en los que ha convivido con las webs deportiva y las revistas del corazón, esas que narraban cosas como que para Donald Trump era la mujer más bella del mundo o las que glosaban sus noviazgos o su boda con Bastian Schweinsteiger. Ahora deja el deporte, la vida. sigue.