El turismo de masas está expulsando a los habitantes de Venecia

La pequeña Venecia recibe cada año 30 millones de turistas, para beneficio de las grandes empresas del sector y del capital financiero. Mientras, la ciudad se desangra de residentes, asfixiados por el coste de la vida, la dificultad para encontrar un alquiler asequible o comprarse una vivienda —por las políticas que privilegian exclusivamente los intereses del turismo—, y por la invasión de las calles, puentes e islas por una muchedumbre de forasteros.

Corrupción política e intereses económicos; venta de edificios históricos, terrenos e islas; cruceros gigantescos en la misma plaza de San Marcos; precios desorbitados, cierre de las actividades tradicionales de la ciudad; contaminación medioambiental... Los problemas de Venecia son muchos. Y probablemente ningún otro núcleo urbano del mundo representa tan claramente los nefastos efectos del modelo de desarrollo turístico de las últimas décadas.

Los venecianos dicen que, en Italia, a nadie le importa Venecia. Y quizás estén en lo cierto, porque la fuga de residentes y el declive de su tejido social comenzó ya en la década de 1960, cuando nació el turismo de masas. Por aquel entonces, los venecianos encontraban trabajo en el Molino Stucky de la isla Giudecca —que producía harina, galletas y pasta—, en la antigua fábrica de relojes Junghans, en el Arsenal —el corazón de la industria naval de la Serenísima República de Venecia desde el siglo XII— o en las fábricas de cerveza. Hoy, todas esas actividades ya no existen. Muchos de los habitantes deben sobrevivir en el sector que está 'matando' a su ciudad: el turismo, que en 2014 provocaba que hubiese un veneciano por cada 140 visitantes.

Las cifras muestran la dimensión de la diáspora veneciana: en 1951 había 175.000 residentes; en 2017, menos de 54.000. Es decir, alrededor de 120.000 personas han dejado la ciudad en las últimas cinco décadas, según el 'Corriere della Sera'. En la actualidad, 2,6 ciudadanos abandonan Venecia cada día, unos 1.500 al año.

La mayoría de los venecianos que hacen las maletas se muda a otras ciudades del antiguo territorio de la República Marítima de Venecia en tierra firme. ''Para un veneciano es prácticamente imposible encontrar casa'', dice una activista por los derechos de los residentes que pide permanecer en el anonimato, ''y los primeros que tienen la culpa de esta situación son los propios venecianos que alquilan sus casas a los turistas. Comportarse así significa no amar tu ciudad, ¿no?''.

Para un residente, alquilar una vivienda es misión casi imposible. La competencia es desproporcionada (un veneciano por cada 140 turistas) y los arrendatarios solo quieren turistas o no residentes. Según 'Il Giornale', las agencias realizan 15 contratos al año a residentes y 15 contratos al día a turistas. Y cuando alguien encuentra un piso de 50 m2 en la isla de Giudecca por 750 euros (gastos excluidos), debe considerarse sumamente afortunado porque el precio medio de un alquiler oscila entre un mínimo de 1.200 euros y un máximo de 1.700 por dos semanas. Para la mayoría, comprar no es una opción: 100 m2 cerca de Campo San Tomà cuestan 545.000 euros; en Fondamenta dei Careri, 55m 2, 399.000; en Isla del Lido, 130 m2, 750.000...

La situación empeora por las políticas de privatización de los inmuebles y bienes públicos por parte de las instituciones gubernamentales y regionales. Un plan de ventas a empresarios y corporaciones para construir hoteles, abrir sucursales de Zara, Hard Rock Cafe, Prada... El objetivo de estas privatizaciones a menudo ha sido presentado a los ciudadanos con engaños. Es el caso, por ejemplo, de la venta del antiguo Hospital Al Mare de la isla del Lido, vendido a la Caja de Depósitos y Préstamos del Ministerio de Economía y Finanzas, que anunció que la estructura sería reconvertida en residencias para ancianos y personas no autosuficientes. Ahora se ha dado el visto bueno a dos resorts turísticos de cinco estrellas que gestionarán el Club Mediterranée y The Resorts.

En la actualidad, en el centro de la polémica por las privatizaciones está el antiguo Teatro Anatómico La Vida, un edificio del siglo XVII en Campo San Giacomo que el pasado 21 de septiembre fue vendido por 911.000 euros al empresario Mario Bastianello, dueño de la cadena de supermercados Pam. Los ciudadanos habían exigido que el inmueble fuese utilizado para la comunidad y, viendo la negativa de las instituciones, decidieron oKuparlo. Desde entonces siguen en La Vida, donde han creado un punto de encuentro ciudadano y un centro infantil y organizan laboratorios o sesiones de lectura... Entre los okupas hay profesionales, profesores, estudiantes, amas de casa…

''En los últimos 10 años las privatizaciones se han acelerado. Y a los ciudadanos no nos están ofreciendo nada'', cuentan algunos de los okupas, que piden no ser identificados. Aseguran que las instituciones han utilizado sus declaraciones a medios de comunicación para encausarlos. De hecho, seis de ellos tendrán que presentarse ante un juez.

''Todo ha cambiado en Venecia. Por ejemplo, cuando yo era pequeña el carnaval era una fiesta para los niños, que se festejaba en las casas, pero desde 1980 se ha vuelto una fiesta internacional'', dice una mujer de 40 años que ocupa el Teatro Anatómico La Vida. “Recuerdo cuando iba a coger navajas en la laguna con mi padre, ya no se encuentran. Tampoco hay más flores en los islotes. Y también están desapareciendo las algas verdes típicas de Venecia, ahora hay una invasión de algas marrones que han llegado de Japón en los contenedores de los barcos", añade.

''Vivir en Venecia no es fácil'', cuenta la mujer. ''Si tienes un coche, eres afortunado si encuentras un puesto de estacionamiento municipal por 200 o 250 euros al mes. Y hoy prácticamente no tenemos derecho ni siquiera a tener un barco de remos, porque los estacionamientos en los canales los dan a los taxis [acuáticos]".

Todo en nombre del turismo, como los gigantescos cruceros que llegan hasta la plaza de San Marcos. Según datos oficiales, el turismo de cruceros no solo refuerza las ofertas turísticas del Adriático, también da trabajo a casi 4.300 personas y a 200 empresas en el territorio veneciano. Renunciar a las grande naves costaría 365 millones al año, el 5,4% del PIB de la municipalidad, y 6.800 puestos de trabajo. Pero 2017 fue un año de intensas protestas ciudadanas bajo el lema 'No grandi navi', que tuvo como cumbre una jornada en que los manifestantes bloquearon el paso de las grandes naves turísticas. En su opinión, contaminan enormemente y representan un riesgo catastrófico para la ciudad —un buque de crucero contamina como cinco millones de automóviles y el aceite utilizado por los motores puede contener hasta 3.500 veces más azufre que los vehículos en tierra firme—.

Para calmar las protestas, el Gobierno anunció en noviembre que los buques más grandes no pasarán por San Marcos, sino por la zona sur de la isla del Lido, y serán desviados al puerto de Marghera, en tierra firme. No obstante, seguirán transitando las naves de menos de 96.000 toneladas durante dos o tres años.

''Desde noviembre hasta marzo no pasan los cruceros'', cuenta Petra Reski, destacada periodista de investigación alemana que vive en Venecia desde 1991. ''La normativa de la que se habla es una farsa, una declaración de intenciones. Lo que cuenta aquí es el negocio. No importa si la mortalidad por cáncer en la ciudad es enorme", añade.

En esta óptica se analiza la venta de los inmuebles y bienes del Estado. Massimo Cacciari, el famoso exalcalde filósofo del PD (Partido Democrático, nacido de las cenizas del antiguo Partido Comunista), es quien redactó el manifiesto de las privatizaciones de Venecia asociadas a Benetton. Tan es así que hoy los venecianos llaman a la ciudad 'Benetown'. Cacciari dio a Benetton los edificios de la zona de la estación de ferrocarril Santa Lucia, el Hotel Mónaco en el Canal Grande, el Teatro Ridotto... Otro ejemplo: el edificio Frontego dei Tedeschi, que compró Benetton y después pasó a la sucursal china de Louis Vuitton.

Otro punto económicamente doloroso y poco claro para Venecia es la construcción del sistema MOSE, el inmenso dique móvil que debería proteger a la ciudad de las inundaciones, separando la laguna del Mar Adriático. Los trabajos comenzaron en 2003. Hasta ahora ha costado entre 6 y 8.000 millones y para su mantenimiento se necesitarán 80 millones al año. El sistema consta de 78 compuertas —de entre 18 y 29 metros de largo y de 168 a 282 toneladas cada una— instaladas en las tres bocas del puerto de la laguna (Lido, Malamocco, Chioggia). Una obra colosal que debía terminarse en el año 2006; ahora se habla de 2022.

''Es la misma historia. El MOSE no sirve para proteger Venecia de las inundaciones, sirve para proteger el puerto. ¿Y quiénes son los dueños del puerto? La grandes compañías de cruceros. Pero esta obra no funcionará nunca. Aún no ha sido terminada y ya las compuertas de metal se están oxidando'', dice Petra Reski.

''En realidad, está obra está creando más problemas a Venecia'', añade Reski. ''Para su construcción, excavan y utilizan asfalto en la laguna y su morfología está cambiando. Desde hace unos años hay más agua alta. Están aumentando la profundidad de la laguna, convirtiéndola en un brazo de mar, aumentando el peligro para Venecia''.

Ahora se habla de la construcción de un puerto 'offshore' para los buques mercantes en la zona sur de la isla del Lido, y evitar así que tengan que llegar hasta la península. El Gobierno ha dado su visto bueno. ''Es un proyecto chino para sus mercancías. Si lo hacen, será el fin de Venecia. Y tenemos que entender que lo que vemos aquí es parte de un diseño más vasto, global. Que está sucediendo también en otros lugares. Es el neoliberalismo. Y el neoliberalismo y la mafia son la misma cosa'', opina la periodista.