Uruguay se inclina ante el éxito y la clase del Maestro Tabárez

En un fútbol pobre, deshonesto, mal organizado, de viveza criolla y fichas médicas falsas apareció un maestro que creó un proceso tan cuestionado como inolvidable, valorando en igual medida las aptitudes futbolísticas que el valor de la persona.

Impuso y exigió respeto. Desestimó las avivadas en la corta e hizo olvidar las carencias cotidianas. Bancó criticas. Respaldó a sus elegidos y transitó el camino con ellos, porque el camino siempre es la recompensa.

Cambiamos eso de que a la Amsterdam iban los de Peñarol y a la Colombes los de Nacional por estadios repletos de familias y niños de camisetas celestes; donde ya no se silban himnos rivales porque nos hizo entender que eso de ganar de pesado nunca fue verdad, porque no es lo mismo meter y trancar fuerte que ir al vestuario rival a buscar al de enfrente.

Dejó jugadores que venían por compromiso a cuidarse las piernas por los que se mueren por tener un lugar en la selección. Armó un grupo sólido, respetuoso, querible, solidario, con roles definidos y referentes que marcan el rumbo. Jugadores de elite mundial reciben con una sonrisa y de brazos abiertos a pibes desfachatados que vienen a "robarle el lugar".

Hizo que los problemas se resuelvan puertas adentro, sin que nos enteremos los de afuera, que solo podemos tirar leña al fuego sin aportar soluciones.

Logró que millonarios con cuentas bancarias de cantidades incontables de ceros lucharan codo a codo por los derechos y los salarios de sus colegas más humildes del fútbol del ascenso uruguayo.

Dirigió un plantel que creó la Fundación Celeste y logró tener un centro de entrenamiento completisimo como el Complejo Celeste.

Le dio a la selección una identidad y un estilo de juego definido que se marca desde la Sub 15 a la selección mayor, aunque el opinólogo promedio se encargue de asegurar con exactitud de que "no jugamos a nada".

No hubo "club de amigos", derechos de imagen ni camiseta Puma o Nike que lo frenara ni lo hiciera apartarse de sus ideales y convicciones.

Recuperó el respeto que merecía la historia futbolera de este país, unió el pueblo como no lo hace ningún otro evento social, político y/o cultural. Resurgió cada vez que se pudo caer y, en cada acción posterior, nos hizo volver a rendirnos ante su proceso.

Cambió al fútbol, cambió al país, lo llenó de alegrías y, en el fondo, uso su calidad de maestro para educarnos un poquito a todos los uruguayos. Ah, y nos clasificó a tres Mundiales seguidos...