Orlando Ayala, las enseñanzas del ejecutivo colombiano que estuvo cerca de los mayores multimillonarios

Siendo la cabeza de ventas de Microsoft, rechazó una oferta para globalizar las tiendas de la multinacional de la manzana. Fragmento del libro “El colombiano que le hablaba al oído a Bill Gates”, del periodista Julio César Guzmán y publicado por el sello Conecta.

Después de haber habitado la cima del mundo empresarial, de haber compartido labores con varios de los hombres más ricos del mundo y de haber sobrevivido sano y salvo a la faena con los dioses del Olimpo informático, este colombiano emparentado con el éxito dedica sus días a pregonar un concepto simple: la felicidad de las pequeñas cosas. (Perfil de Ayala cuando se retiró de Microsoft en 2016).

Hace poco, en un mensaje a sus hermanos, Orlando Ayala les envió un texto que tomó de uno de los servicios de información a los cuales está suscrito. Era un testimonio del multimillonario Warren Buffett, citado por la autora de su biografía, Alice Schroeder. Según ella, al reconocido gurú financiero le preguntaron los estudiantes de la Universidad de Georgia sobre su definición del éxito, y él respondió que cuando uno se acerca al final de sus días, la única medida del éxito debe ser el número de personas que uno quisiera que lo amaran y que, en efecto, lo amen.

“Conozco a personas que tienen mucho dinero y ofrecen cenas de caridad y bautizan áreas de hospitales con su nombre. Pero la verdad es que nadie los quiere. Si llegas a mi edad y nadie piensa bien de ti, no importa cuán grande sea tu cuenta bancaria, tu vida es un desastre”.

A Buffett ya lo había conocido en un evento que dice mucho de quién es Ayala: “Cuando manejaba la organización mundial de ventas de Microsoft, siempre invitábamos a los 300 CEO más importantes del mundo a Seattle, para una cena en la casa de Bill Gates. Era un evento fascinante. Buffett se paraba frente a la gente y todos nos quedábamos como si estuviéramos hablando con el Dalái Lama. No en vano lo llaman el oráculo de Omaha”.

El ejecutivo colombiano también me reveló una premisa que aprendió de los consejos de Warren Buffett, filosofía con la que hoy comulga en toda su dimensión y que comparte a todo aquel que la pueda necesitar: “No hay decisión más importante que con quién decides compartir tu tiempo y tu vida”. Aplicándolo a sí mismo, Ayala me dice: “Nadie es tan bueno como Dios ni tan malo como el diablo. El trajinar de la vida en su esencia es imperfecto y tumultuoso en el mejor de los casos. A pesar de todas las vicisitudes, he tenido la gran fortuna de tener en Adriana a una gran compañera de ese sinuoso viaje y con quien comparto cuatro maravillosos seres. En la simpleza de ser parte presente de sus vidas está, sin duda, el centro de gravedad de mi felicidad”.

Imagen

Volviendo al campo profesional, me confió que tuvo la oportunidad de ser el CEO (director ejecutivo, como podría traducirse el cargo chief executive officer) de varias firmas resonantes en el ámbito empresarial, pero esto nunca le llamó la atención. Le interesaba más tener la libertad de construir algo nuevo, y por eso ejerció la última década de su carrera en Microsoft en roles novedosos, que antes no existían.

“En el año 2003 recibí la llamada de un head hunter que me decía que Apple quería hablar conmigo. Steve Jobs estaba todavía enfermo y tuve la oportunidad de hablar con el actual CEO, Tim Cook. Él estaba buscando la cabeza para la creación de las tiendas de Apple. Allá fui y me reuní con él, hablamos hora y media del tema; fue una reunión interesante. Regresé y lo analicé muy bien. Pensé que ya llevaba muchos años en Microsoft y la propuesta significaba volver a hacer lo que ya había hecho por tanto tiempo. Tenía la máxima posición en Microsoft en el tema de ventas, mercadeo y soporte. Esto significaba volver a estar montado en un avión por los próximos 10 años, abriendo tiendas en todo el mundo. Así que no acepté”.

Trabajar por un mundo mejor

Aunque está jubilado de la vida laboral, Orlando Ayala mantiene la pasión por resolver problemas grandes. Se ha acercado a los campos de la educación y la salud, y por ello está en la junta directiva y lidera el comité de tecnología de la empresa Centene, la tercera más grande de Estados Unidos en el sector de la asistencia médica.

En las sesiones con directivos mucho mayores que él ha insistido en hacer conciencia de que nunca antes existió a tan bajo costo la posibilidad de beneficiar a tantas personas y resolver problemas inmensos de salud. Su mensaje, dentro y fuera de la junta directiva, ha sido enfatizar en que la viabilidad de los sistemas de salud en el mundo, para bajar los costos y aumentar el bienestar general de la sociedad, pasa por usar la tecnología para mejorar la salud preventiva, más que la correctiva.

Su mente inquieta ha buscado información sobre los nuevos campos abiertos a la robótica y la deshumanización que puede conllevar, al margen de los empleos que puede reemplazar. Y recientemente ha estado cavilando sobre la formación profesional de las nuevas generaciones, luego de la discusión que planteó la cabeza de IBM al asegurar que muchos de sus nuevos empleados no habían requerido cuatro años de universidad para ser contratados.

Su felicidad estaría representada en que la educación y la salud se apalanquen en los avances tecnológicos para llegar de manera oportuna y eficiente a más personas. No obstante, hay espacio para sus placeres individuales. Por ejemplo, felicidad para él es sentarse a ver documentales con su esposa, como hicieron recientemente con uno muy popular en Netflix, titulado Queen Mimi. Es la historia de una indigente octogenaria que lleva 18 años viviendo en un local de lavadoras en California y conmovió tanto a la pareja de colombianos, que aprovecharon un viaje a Los Ángeles para buscar a esta mujer inspiradora, conversar con ella y tomarse una foto.

Ese tipo de viajes lo colman de gozo, porque no solo son paseos, sino que le brindan la oportunidad de ejercer su curiosidad intelectual. Por ejemplo, antes de morir quisiera ser uno de los turistas que visitan el espacio, para ver desde arriba el planeta azul llamado Tierra, cuando se habilite esa posibilidad. Mientras tanto, piensa emprender una gira fantástica que puede saciar su sed de conocimiento: es un impresionante tour que ofrece la National Geographic, con editores de The Wall Street Journal, bajo el seductor nombre de “El futuro de todo”.

A bordo de un jet privado, 75 privilegiados experimentarán el futuro de la conservación ambientalista en Japón; el del cerebro, en Corea del Sur; el de la medicina, en tres ciudades de China; el de los recursos naturales, en el desierto de Gobi (Mongolia); el de las ciudades y el comercio, en Uzbekistán; el de la sociedad digitalizada, en Estonia; el del cambio climático, en Finlandia, y el de las energías alternativas, en Islandia.

Es diciente que no haya ningún destino en Latinoamérica: las condiciones sociales y políticas han condenado a este continente a lo que sabiamente Gabriel García Márquez llamó “la soledad de América Latina”, en su discurso de aceptación del Nobel. Pero Ayala no pierde la esperanza, y por eso aceptó un reto que lo involucra dentro de la política pública sin estar metido en ningún gobierno.Por petición presidencial directa (gobierno de Juan Manuel Sntos), se integró a uno de los ocho grupos temáticos en la Misión de Sabios. El suyo es el grupo encargado de tecnologías convergentes, nano, bio, info y cogno, y de las industrias 4.0. Junto con otros tres brillantes académicos debe entregar antes de finalizar 2019 una serie de recomendaciones alineadas con los objetivos de desarrollo sostenible, y él ha insistido en ejes para el país. Me enorgullece saber que varios de esos temas han sido abordados en este libro: inteligencia artificial, blockchain, computación cuántica, big data, internet de las cosas, etc.

Aunque no puede revelar el contenido de lo que se ha discutido en sesiones presenciales realizadas en Estados Unidos (país donde viven varios integrantes de su grupo), y por medio de mecanismos virtuales, es claro que Ayala ha planteado principios que están presentes en este libro, como la necesidad de una infraestructura tecnológica mínima que le permita a Colombia construir servicios de valor agregado.