Fabio Parra y las historias del gran escarabajo colombiano

Fue tercero en Tour de Francia y corrió Vuelta a Costa Rica de 1979

Photo published for Fabio Parra: el legendario escarabajo

Una casa en Sogamoso, con un paisaje lleno de verde y un cielo con azul protagonista, se pueden ver en una pequeña pintura, colgada encima de la chimenea de una casa de descanso cerca al Embalse del Neusa. Cuando dio la última pincelada Fabio Parra sintió las ganas de enmarcar aquella cosa que tanta disciplina le había dedicado. Sí, el mismo ciclista que se ve en las imágenes de televisión y que quedó tercero en el Tour de Francia de 1988 le ha dado la vida para dedicarse a oficios impensados. Entre ellos la pintura.

“Hay muchas cosas que no conocen de mi papá, la mayoría solo conocen al ciclista”, dice Andrés Parra, quien confesó la idea de que, en comparación a otros corredores, a su papá la vida le permitió esquivar la falta de apoyo, seguro porque su abuelo también fue ciclista y pasó a ser también un tema de herencia.

A los 14, Fabio Parra se enamoró del ciclismo. De la bicicleta ya se había enamorado unos años antes. Los primeros pedalazos que dio con la intención de ganar o destacar fueron en los entrenamientos a los que iba en compañía de su papá y sus amigos. Sin embargo, a pesar de que la disciplina de Fabio era notoria y lo hacía ganar carreras juveniles, sus padres lo pusieron contra la pared cuando intentaban hacerle notar que estudiar era importante.

Se presentó a la Universidad Nacional, con ganas de entrar a la Facultad de Medicina y seguir el consejo de sus papás. Pero no pasó, y no quiso intentarlo en otro lugar. “Y ya lo tenía claro respecto a la bicicleta, me había ido bien”. Y Fabio encontró ahí el escape.

La casa de Fabio en Bogotá es difícil de encontrar, está camuflada en un barrio donde todas las fachadas se parecen. Por eso se hace complicado llegar con la dirección, y la cosa empeora si se pregunta por dónde se debe ir, porque muy pocos conocen los recovecos de Pontevedra. Sin embargo todo es más fácil si se le pregunta a cualquier vecino dónde queda la casa de Fabio Parra. Ahí sí nadie duda la respuesta.

Del estado físico actual de Fabio lo único que se puede decir es que se encuentra en lo predecible. Con menos pelo, un cuerpo más robusto. La cara de gestos duros que se le vio hacer durante el tour del 88 todavía sigue ahí, solo que ahora hay unas arrugas nacientes. De entrada se le nota que la pasión por el ciclismo está intacta, una vitrina llena de trofeos y medallas se ve imponente desde la puerta, lo que hace pensar que Fabio tendría todo para tener un ego enorme. Pero lo cierto es que lo enorme es su sencillez.

Cuando ganó la Vuelta a Colombia en el 81 “creyó perfectamente que podría ganar tres más”, dice el hijo de Fabio. Lastimosamente, al año siguiente Fabio chocaría -metafóricamente- con una realidad que lo aplastó.

Fue a correr el Piccolo Giro en Italia, y cuando terminó volvió a correr la vuelta a Colombia, llegaron muy encima, no fue una preparación ideal.

Todos los días Cristóbal Pérez aprovechaba para escapar y huir de su escolta Parra. Sin prisa pero sin pausa Fabio le respiraba la nuca. Se mantenía cerca a pesar de los intentos de Pérez.

Faltando una etapa de Honda hasta Bogotá tenía la posibilidad de hacer la diferencia y ganar la Vuelta, pero ese día no se sintió bien. Perdió mucho tiempo y la posibilidad de ganar. Fue frustrante. En la última vuelta las piernas lo dejaron botado, en la penúltima llevaba el segundo lugar y la confianza de quedar campeón. Terminó noveno.

“Dije que no volvería a montar más en bicicleta”.

No lo supo manejar. Guardó el caballito de acero, y en su cabeza volvió a aparecer la vieja idea de estudiar una carrera. En 1983 Parra ingresa a la Universidad Externado a estudiar Administración. “Es que uno pedaleaba más por la camiseta, porque no había plata que llegara de la bicicleta”.

“Los periodistas no lo interpretamos como una depresión por la derrota, sino que Fabio estaba cansado de la bicicleta”, dice Héctor Palau, periodista que cubrió el ciclismo en los ochentas. 

Más que ciclismo, la palabra que más le gusta a Fabio es bicicleta, tanto que la usa para referirse al deporte en el que hizo historia para Colombia.

Dejó el ciclismo, pero no la bicicleta. Durante sus primeros semestres de Administración encontró compañeros que conocían de su pasado, y que lo alentaron a participar en las competencias universitarias. “Pero la verdad iba y competía sin entrenar, sin ganas”.

Y un día, otro más en esa época en la que no le tenía ganas al ciclismo, prestó atención a las imágenes del televisor. Patrocinio Jiménez y Condorito Corredor corrían con el equipo Teka de España, y lo único que se le pasó por la cabeza fue “¡pero a estos yo ya les he ganado!”. Pero ese resentimiento se opacó en un segundo, el televisor dejó de mostrar a los dos ciclistas y apareció un pelotón en el plano. Y lo que Fabio vio fue belleza. Las montañas. El grupo. La carretera. Planos desde el helicóptero. La nieve. La gente alentando a los corredores. Dice que fue algo visualmente bonito.

“Me dieron ganas de volver a montar en bicicleta”.

Esas ganas lo llevaron a disputar su primer Tour de Francia en 1985. Y ahí encontró un mundo totalmente diferente a lo que había vivido. Los colombianos eran menospreciados por los ciclistas europeos, pero luego terminarían respetando a los escarabajos, al notar la madera que tenían para subir y soportar el dolor. Se topó con una organización impecable, y con los uniformes relucientes de los europeos, llenos de patrocinadores.

“Por fortuna él sintió rápido las ganas de volver, porque las ganas de estudiar las podía satisfacer a los 30 años, pero con la bicicleta no podía ser así”, afirma Palau.

“Un tour no es fácil. Hay un sin sabor”, dice Andrés, para referirse al sentimiento de su padre por no haber ganado el Tour del 88 o alguna Vuelta a España, como la del 85 en la que quedó como mejor joven o la del 89 cuando ocupó el segundo lugar. Fabio es frío para hablar de su carrera, pero no para hablar de ciclismo, o mejor, de la bicicleta. 

Cada pedalazo le duele. Pero también cada pedalazo lo piensa. “Era un corredor inteligente, meditaba mucho, un ciclista muy cerebral”, dijo alguna vez Perico Delgado, su principal contrincante durante muchas competencias.

Tour de Francia, 1988. Fabio Parra corre con el pelotón durante una etapa plana. Debido a la cantidad de ciclistas en un punto la carretera se hizo angosta e intransitable. “Hubo montonera, caí de cabeza, me abrí la cabeza”, recuerda Fabio. Sin embargo se puso de pie, se sentó en la bicicleta y siguió, con la cara llena de sangre. El médico de la carrera le dijo que si paraba y le colocaba alguna cosa “yo le dije que yo seguía”. Lo revisaron, le tomaron puntos, quedó resentido del golpe, el entrenador insistió en el retiro y que no había problema, “yo estaba muy preparado para eso y dije que yo seguía, yo sigo pedaleando”. Se va recuperando y el dolor va pasando.

El 13 de Julio de 1988 la voz que narra grita durante el final de la etapa 13 entre Besançon-Morzine “¡Fabio, Fabio, Fabio, Colombia!”. Fabio levanta los brazos y gana.

"Luego vino una etapa que gané en Morzine y tenía la posibilidad de ganar otra vez la etapa, pero me cerraron unas motos, se habría podido ganar”. En la llegada al Alpe d´Huez iba bien, hizo su ataque pero por tanto público que había lo cerraron. Querían mirar en donde habían ciclistas, las motos no pudieron pasar y ya había atacado, se detuvo, perdió tiempo y de una ventaja pequeña, estaba muy cerca a la meta “como a kilómetro y algo”. Se perdió la posibilidad de ganar la etapa ese día.

Diez días después Perico Delgado, Steven Rocks y Fabio Parra subieron al podio. Luego se supo que los dos primeros dieron positivo en control antidopaje. “Fuimos injustos con Fabio”, dice Palau.

Cuando los ciclistas colombianos regresaron del tour el aeropuerto El Dorado se llenó de periodistas y aficionados para recibir a Lucho Herrera “porque era el mediático, pero ocupó en ese tour el séptimo puesto”, recuerda el periodista. Cuando arribó Parra solo un puñado periodistas se encontraban ahí.

Hoy, su hogar sobretodo es aquella casa de descanso en el Neusa, donde le gusta pasar los días con su criadero de perros El Galibier, bautizado así por el puerto montañoso más alto del Tour de Francia, curiosamente donde se convirtió en uno de los escarabajos más grandes de la historia.

Fuente: Semana